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IV JORNADAS DE POESIA ÚLTIMA EN LA FUNDACIÓN RAFAEL ALBERTI
EL PUERTO DE SANTA MARÍA, CÁDIZ, 2002

(Presentación del autor en las jornadas del 22, 32 y 24 de marzo de 2002)

 

Sucede.  Poética y poemas propios. (Jordi Cienfuegos)

          

sucede

sucede un tren un barco dos jubilados charlan

sucede una paloma cruza el cielo un avión

sucede que alguien llega vendiendo baratijas

sucede que estás cerca porque casi te siento

 

sucede que te espero y que alguien habla a gritos

sucede que ayer noche te eché tanto de menos

sucede un uniforme un claxon una multa

sucede que unos niños pelean en el parque

 

sucede que apareces como un sol calle arriba

sucede una señora con bolsas de la compra

sucede que alguien pasa corriendo en bicicleta

 

sucede que te acercas como siempre sonriendo

sucede que en el kiosco se hablaba de una bomba

sucede que me besas y tengo menos frío…

 

 

 

            Especular con la poética ajena puede resultar, al margen de consideraciones morales, una tarea difícil, pero ciertamente más cómoda que hacerlo con la propia. Uno puede tranquilamente, impunemente incluso, examinar, registrar, ponderar, medir, diseccionar, ensayar si tiene ganas y después teorizar, criticar, halagar, afirmar, negar rotundamente que el poeta esto o aquello, o que aquí escribió “cuándo” refiriéndose a “cuánto”, o que allá dijo “cómo” porque cómo es posible que bueno, ya se sabe, punto y final y firmas. Y te quedas tan ancho. Y si el poeta está muerto, a ver quién nos discute. Y si está vivo, basta con un par de palabras bien dichas, por ambiguas que sean, para que su natural vanidoso no se nos eche encima. Al fin y al cabo, buen negocio ha de ser cuando hay quien vive única y exclusivamente de la poética ajena.

            ¿Pero qué ocurre con la poética propia? Uno siempre está coartado al hablar de sí mismo. ¿Qué decir de nosotros? Si se nos va la mano con las flores, nos llamarán petulantes y pretenciosos; si nos pasamos con la autocrítica y somos demasiado severos, nos tomarán por tontos.

            Siempre queda el recurso de toser, levantar una ceja y decir que bueno, lo nuestro es escribir, y que para hablar de lo que escribimos ya están los otros. Al fin y al cabo, es quien lee al poeta quien ha de interpretarle. De todas las salidas que se me ocurren, acaso esta sea la más digna. La más cómoda también, es cierto, pero en cualquier caso la más honesta. Sin embargo, me veo en la obligación de escribir unas líneas acerca de ese entrañable necio que firma sus poemas con mi nombre.  Y no sé por dónde empezar. Y por eso se me ha ocurrido comenzar con este poema, “sucede”, porque así es como entiendo mi propio trabajo.

            Sucede todo lo que se escribe, haya sucedido o no. Leemos y estamos viviendo la realidad escrita, por diferente, lejana a nosotros que esta sea; incluso por ficticia. Creo que uno de los valores fundamentales de la palabra escrita es, justamente, el de construir realidades: así leemos la historia que antiguas civilizaciones escribieron sobre sí mismas, ahora aceptadas como válidas y reales porque así han llegado a nosotros; así también vamos fijando la historia de nuestro tiempo, escribiendo, borrando, rescribiendo y sobrescribiendo nuestra historia reciente: de las últimas versiones, la más difundida será posiblemente la que determine nuestra imagen algún día. Los mitos, los cuentos, ciertos textos sagrados, alguna verdad ponderable y alguna mentira sagrada, existen porque han sido contados o, dicho de otro modo, puestos en palabras.

            Con la poesía, tradicionalmente la literatura más subjetiva, ocurre algo parecido, pero ligado a nuestra historia personal. Así, cuando el poeta, cualquier poeta, fruto de su tiempo por poco que le guste, deja un poema escrito, quedan de algún modo en él no sólo las claves que acerca de su entorno vengan adheridas a sus palabras, sino  también –o debería decir sobre todo- su forma de entender y de enfrentarse al mundo. No estoy hablando necesariamente de una poesía de la experiencia: estoy hablando, en general, del hecho poético, para mí imposible de separar de la sensibilidad que lo origina. Pienso en esas piezas de alfarería popular en las que quedan marcadas, bien de forma deliberada, bien de forma accidental, las huellas dactilares del artesano. Eso es la poesía: una artesanía de palabras llena de huellas. Y esas palabras “crean” realidades. Suceden. Suceden desde el poeta y para sus lectores. Así, nos sentimos solos con la canción desesperada de Neruda, abrimos una revolución con Viento del Pueblo, de Miguel Hernández, o participamos de la fecunda enemistad de Góngora y Quevedo como lectores de su catálogo de insultos; trabajamos en la fábrica con Martí i Pol; vivimos el exilio con Alberti; lloramos a los desaparecidos con Benedetti, y con Goytisolo le cantamos una nana a Julia para que se duerma. Todo eso sucede. Así entiendo yo la poesía. Poco importa cómo lo haya vivido la persona: el poeta lo ha vivido así, y si sucedió de ese modo para él, así sucede ahora para nosotros.

            “Yo soy otro”, escribió Rimbaud. Octavio Paz entendía la relación del poeta con su obra como un juego entre el ser y su máscara, una máscara que podía subyacer o dominar. Eliot hablaba de una poesía impersonal, donde el autor se sacrificaba a lo que Paz llamaría la “máscara viva”. Creo en esta concepción de la poesía: si algo de nosotros aparece reflejado en nuestros poemas, también eso es una creación, una visión filtrada de nosotros mismos. Un auto-retrato, por tanto, y no una imagen fiel, aunque, insisto: una imagen creada por nosotros. ¿Y cuáles son nuestros instrumentos, nuestras herramientas?  La experiencia, el mundo que nos rodea, lo que nos acaricia o nos golpea, lo que vemos y lo que respiramos; quizá no siempre aparezca reflejado en un poema, pero nos ayuda a configurar –consciente o inconscientemente- nuestra voz y nuestra máscara. La vida misma como materia prima. Y como herramienta, el bagaje de cada cual: por supuesto el bagaje cultural, pero también el afectivo, el bagaje humano, vivencial; y la lengua. La lengua es el instrumento del que nos servimos para trabajar esa materia prima. El idioma o idiomas que fijan nuestras relaciones, nuestros recuerdos, nuestras discusiones, nuestros pensamientos. A las lenguas, por cierto, hay que perderles el miedo. Igual que para disfrutar plenamente de algunos placeres debemos deshacernos de no pocas actitudes y tabúes, incluso saltarnos a la ligera ciertas normas que, una vez transgredidas, se nos revelan del todo inútiles y absurdas, así deberíamos los amantes de la palabra entender la gramática: conozcámosla a fondo, perdámosle el miedo, juguemos con ella, exploremos, reinventemos. Ya que de una forma u otra estamos casados con ella, vinculados de por vida a la palabra, disfrutémosla. Nuestra relación con la palabra, y con la libertad de la palabra, determina el resultado de lo que hagamos con ella.

Retomando la idea anterior, si concibo la creación –y en este caso, la creación poética- como una evidencia, un testimonio, una huella de la persona de la cual surge, debo añadir que contemplo tantas poéticas como poetas. Quiero decir con esto que, a pesar de la máscara –o gracias a ella-, a mi modo de entender, la persona siempre condiciona al poeta. Por eso entiendo que, entre los poetas, como entre las personas, los hay brillantes, oscuros, mezquinos, desinteresados, utópicos, infantiles, violentos, temerosos, sinceros,  conservadores, arriesgados, humildes, comprometidos, prometidos o simplemente metidos...

Por lo que a mí respecta, cuál es mi máscara, o quién es la persona que soy, es una pregunta que no puedo responder aquí porque, a pesar de hacérmela cada vez que afeito, yo mismo no he hallado la respuesta, y ni siquiera estoy seguro de querer hacerlo. En cualquier caso, entendiendo mi poética como la consecuencia de lo que el tiempo que me ha tocado en suerte y buena parte de mi albedrío –a pesar, a veces, del sentido común- han venido haciendo de mí, sea lo que sea, y habiendo aceptado entrar en el juego de intentar adivinarla, sólo se me ocurre definirme, como poeta, como máscara, como la persona que soy cuando no duermo.

Hago un cálculo aproximado y llego a la conclusión de que, con casi veintinueve años, estoy sólo a un cuarto de la longevidad que he previsto tener en esta vida. Como no tengo ninguna intención de dejar de escribir antes de palmarla, mi poesía –o si se prefiere, mi poética- no ha hecho más que comenzar. Podríamos decir que se halla, todavía, en un estado infantil. Y en este estado infantil en que se encuentra, de momento se nutre de su tiempo, que es el mío, de mi preocupaciones, mis ocios, mis placeres, mis neuras y mis prisas. Porque no sé hacerlo de otro modo, escribo el mundo tal como lo percibo. Exactamente con todo el margen de error que mi subjetividad me permite. Por eso mi poesía es absolutamente arbitraria, contraria a ciertas cosas que no me gustan y reiteradamente pesada cuando glosa las que sí. A veces me pongo serio, a veces juego con las palabras como juega un gato con un ratón antes de comérselo. ¿Cuál es mi poética? Sucede. Y todo lo que sucede, me sucede a mí. Y si no, lo invento: otra forma de hacerlo suceder, de forma que mi vida de papel supera en vivencias a mi humilde existencia en carne y hueso. Porque todo sucede.

            Gracias a la palabra, he hablado con Dios; he estado en la guerra; he dormido a la sombra del mar y me he convertido en árbol; me he sentado en una nube a fumar un cigarrillo con los ángeles; he dicho a mis muertos algunas cosas que no tuve tiempo de decirles en vida; he tomado trenes que no salieron nunca y he vuelto a mis lugares preferidos en el tiempo que yo quise escogerles. También gracias a la palabra, me enamoro de nuevo cada día de la mujer que amo. Y todo eso sucede. Porque no puede ser de otra manera.

            Claro que, a veces, sucede también que después de marear la sintaxis intentando explicar aquello que no acertamos a explicarnos a nosotros mismos, nos damos cuenta de que hemos llenado seis páginas con patas de mosca para descubrir cómo, en esencia, lo que tratábamos de decir ya había sido escrito, con más precisión y muchas menos palabras, en otra parte. Aceptadme, pues, esta confesión, y evitadme el mal trago de intentar cerrar esta exposición con más términos vagos. Recurro a la puntería de Oliverio Girondo, que dejó escrito que “Aunque ellos mismos lo ignoren, ningún creador escribe para los otros, ni para sí mismo, ni mucho menos, para satisfacer un anhelo de creación, sino porque no puede dejar de escribir.”

Queda dicho.

Así es como suceden estas cosas...

   

esa fiesta

  el mundo es esa fiesta en la que a veces

solamente unos pocos se divierten:

un guateque global que se celebra

en casa de cualquiera, a ser posible

en casa del más pobre porque así

no se molesta en casa de los ricos:

nadie tira comida por el suelo,

nadie quema los muebles por descuido,

nadie se mea en el patio ni vomita

en medio del pasillo de los ricos,

nadie rompe una lámpara bailando,

nadie se sobrepasa con sus hijas.

 

  el mundo es esa fiesta en la que algunos

disfrutan estrenando sus zapatos

mientras son observados por el resto,

descalzos y agobiados por las deudas

que otros contraen por ellos

sin darles nada a cambio salvo el hambre.

 

  y en esa fiesta a veces alguien bebe de más

y se pone a dar gritos y de pronto

la artillería corre por las calles aplastando futuros.

y en esa fiesta a veces alguien se va al ropero

y roba sin pudor los monederos de chaquetas ajenas

y regresa al salón sonriente y ágil

repartiendo saludos y apretones de manos.

 

  también en esa fiesta hay quienes entran

en la cocina, asaltan la despensa,

ensucian todo aquello que no comen

para que no lo puedan comer otros

y si con eso no se han divertido

violan al cocinero y a los pinches.

 

  el mundo es una fiesta un tanto absurda:

por cada dos que ríen cinco lloran;

por cada tres que comen seis ayunan;

por cada cuatro abrazos siete gritos...

el mundo es esa fiesta en la que a veces

solamente unos pocos se divierten.

 


contras

  contradictorio contrario contrahecho

contracorriente contrapelo contralto

contrabajo trabajo y más trabajo

contratado por un sueldo de mierda

contraindicado contra los encuentros

y contra la razón y contra el cuento

de todos contra esto o contra aquello.

 

  contra la vigilancia contra el miedo

contra el asesinato contra el desespero

contra las coles de bruselas contra

los contratos basura contra el cáncer

y contra el mal de amor y a contraluz

contra la contra contra cualquier contra

contraprogramación contrachapado

contra los contratiempos contractura

contra la controversia y los controles

contrarreloj contra la vida misma

contra los contrincantes y los contraatacantes

y los contrabandistas y las contorsionistas

contra el cielo del diablo y el infierno de dios

contra los pros que son menos que contras

y las contrariedades y la contracultura

y contra tanta contra que es difícil

encontrar una contra que se salve.

 

    la ilusión, esa pulga

la ilusión, esa pulga

que salta de un ojal a un bolsillo

de un corazón a un beso

de una casualidad a un accidente

 

ese bichito oscuro

que tanta luz desprende

esa fe diminuta

capaz de inocular la maravilla

 

la ilusión, esa dosis

necesaria de ensueño

que tanto ayuda al pobre

 

ese animal de magia

que aparece de pronto

y nos transforma...

 

aquel día

el mundo despertó conmocionado

los medios se afanaron a cubrir

la tremenda noticia y en las calles

la gente ya no hablaba de otra cosa.

 

los analistas se esforzaron en vano

por señalar las causas y aún peor:

especulaban con las consecuencias.

nosotros, los de a pie, sólo corríamos

 

de un lado para otro, horrorizados

llamando a los amigos por teléfono

intentando calmar a la familia

 

o de la mano de nuestra pareja.

fue el día que anunciaron que el planeta

se quedaba sin flores para siempre.

 

   

Sobre los poemas: “esa fiesta” y “contras” forman parte del poemario inédito rutinas y presagios. “la ilusión, esa pulga” y “aquel día”, del poemario el ladrón de paraguas.

 

 

 

 

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